Punto desvista

Ofendidos de profesión. ¿Es el humor la causa de los conflictos sociales?

23 septiembre, 2018

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Ofendidos de profesión. ¿Es el humor la causa de los conflictos sociales?

La libertad de expresión y el humor están cada vez en mayor entredicho. Existen dos bandos claramente diferenciados cuando hablamos de estos dos términos. Aunque pensándolo bien, ¿están tan diferenciados? Vayamos por partes.

¿Qué es el humor?

Está claro que el humor, en muchos casos, ofende. Pero, ¿qué es el humor sino una ofensa en sí misma? Remontémonos  a sus orígenes: los chistes. ¿Acaso los chistes populares no ofenden a un grupo de personas en específico? “¿Acaso no es solo la desgracia ajena la que nos hace reír?” reza la contraportada del libro “Los Simpson y la filosofía”. La desgracia ajena que si está basada en tópicos y en la transgresión de lo políticamente correcto, mejor todavía.

simpsons culo

Por ejemplo, un clásico:

“En una entrevista de trabajo:

– ¿Nivel de inglés?

– Alto

– Bien. Traduzca “fiesta”.

– Party

– Perfecto. Úselo en una frase.

– Ayer me party la cara con la bicicleta.

– Contratado. “

¿Estamos ofendiendo a la gente que no sabe hablar inglés? ¿Estamos ofendiendo a la mayoría de españoles, que se les tiene como ineptos en cuanto a hablar otros idiomas se refiere? Quizá sí, pero la intención es otra: hacer reír. O incluso expresar una opinión de una forma cómica. Expresar, ¡qué bonita palabra!

Otro clásico:

“Van dos y se cae el de en medio”.

Ahora, tratemos de darle un contenido no ofensivo, (por si alguien algún día cayó estando inexplicablemente en medio de su amigo y él mismo).

“Van dos y no se cae nadie”.

Vaya, parece que no es tan gracioso. ¿Será la sociedad, ese ente malévolo responsable de todos nuestros males, la que nos ha educado a reír de las desgracias? ¿O tal vez el neoliberalismo? ¿La propiedad privada, si no? ¿O será que hay algo en la naturaleza humana que hace que el mal ajeno nos resulte más gracioso que el éxito? No solo es cuestión de chistes, también ocurre en la competición. Cuando un partido de fútbol termina con un resultado de 12-0 resulta ridículo reírse del ganador.

“- Ja ja ja, ha metido 12 goles

– Ya te digo. Vaya delanteros ja ja ja”

“Justicia quiero yo, pero por mi casa no”

Estamos en la época de la búsqueda de la superioridad moral. Una época en la que la gente lucha por la libertad de expresión con uñas y dientes, pero solo cuando les interesa. En la dirección que ellos consideran correcta. Siguiendo la corriente de su ideología. Lo que recuerda al famoso refrán popular que reza: “justicia quiero yo, pero por mi casa no”. Porque los mismos que hoy disparan contra el humorista (el último en caer fue Rober Bodegas) no lo hacían contra los que tuiteaban chistes sobre el rey o sobre las víctimas de ETA. En el mercado de las opresiones, al parecer, cotiza más alto ser estigmatizado por tener una cultura hermética y conflictiva que perder las piernas en un atentado por solo pasar por ahí.

simpson cerebro

En realidad, no se pretende defender la libertad de expresión al cien por cien. Cuando alguien dice algo que ellos consideran correcto, lo defienden hasta la saciedad. Pero si, por el contrario, va en contra de su ideología, exigen que se castigue legalmente.

¿Hipocresía?

El problema es que el colectivo de “ofendidos de profesión” no se mueve por razones morales (no siempre). No les preocupa el sufrimiento ajeno. Les preocupa aquel sufrimiento que puede instrumentalizarse para conseguir rédito político. Eso en el mejor de los casos. En los demás, que son la mayoría, de lo que se trata, es de dejarse llevar por esta nueva corriente y sentirse parte de un grupo social, es una cuestión identitaria.

Por eso hay suboficios de la ofensa: los ecologistas, que anteponen el bienestar del planeta a casi todo lo demás, o los humanistas en general, que, absortos en su altruismo y sus buenas intenciones, comen animales tranquilamente sin importarles que hay más sufrimiento y violencia en cualquier granja industrial, que en el peor campo de refugiados, o que, por supuesto, en cualquier chiste por ofensivo que sea.

Es una cuestión de prioridades ideológicas más que de ética y empatía. Lo cual se transforma en hipocresía cuando se intenta disfrazar una posición política bajo una máscara de moralidad: hablar de renunciar a los privilegios como blanco, obviando todos los demás, es profundamente hipócrita. Lanzar acusaciones a chistes racistas mientras te gastas 60 pavos en unas NIKE sabiendo que las han fabricado niños explotados en países del tercer mundo, es hipocresía.  O como ironizaba “Pantomima Full” en su vídeo-respuesta, tuitear contra el humor clasista mientras pagas facturas “en B” y te escaqueas de pagar impuestos cuando puedes, es hipocresía.

¡Responsabilidad moral para todos!

Iniesta Kalise

En realidad, en el oficio de la ofensa y defensa de los oprimidos, no importa tanto el tipo de persona o colectivo que seas, como tu posición de subordinado. No importa demasiado lo cabrón que seas, o lo problemático que resulte tu colectivo. Solo importa tu condición de oprimido, tu pedigrí. Temo el día en que acaben ofendiéndose por los chistes de presos comunes como asesinos, violadores y narcotraficantes por pertenecer a un colectivo oprimido.

Ah, y claro, con muchas lecturas a sus espaldas, sabrán reconocer que “las circunstancias sociales llevan a ciertos grupos a ser más propensos a tener comportamientos de dudosa ética”, pero parece que estas circunstancias sociales solo se aplican a los estratos bajos de la sociedad. Como si los apaleados humoristas no fueran, también, producto de sus circunstancias. Si exigimos responsabilidad moral, exijámosla para todos; si no, asumámonos, de una vez por todas, hijos de nuestro entorno y dejemos de agitar el dedo inquisidor.

Los chistes no son la causa de los conflictos sociales

No hay que ser cínicos y negar que el humor tiene implicaciones. Por supuesto, como toda manifestación cultural, tiene sus repercusiones a nivel social, pero hay que ver si estas implicaciones son siempre negativas y, sobre todo, si son relevantes. Y si no lo son, como en este caso, quitémosle hierro al asunto y pongamos el punto de mira en las verdaderas causas que originan las desigualdades.

Por supuesto, tampoco hay que caer en el lado contrario, en el que reina el paternalismo de considerar a los ciudadanos como niños influenciables y sin criterio, pidiendo censurar el humor potencialmente ofensivo “no vaya a ser que alguien escuche un chiste de judíos y se vuelva nazi” o “uno de gitanos y le dé por pensar que, efectivamente, puntúan alto en las estadísticas de criminalidad del CIS”.

Incluso el simple hecho de reconocer dicha realidad, molesta a algunos. Sorry, man, es lo que tiene la exclusión social y la desigualdad, que genera delincuencia. Pero ahí los humoristas tienen poco que ver. No hay ningún estudio que demuestre que hay relación entre el aumento de chistes y el aumento de la desigualdad social. Y es que los chistes, no son la causa de los conflictos sociales, sino, una de sus manifestaciones. Lo que genera el conflicto es la desigualdad, y la desigualdad atiende a muchas razones (clase social, cultura, etnia, género, etc.), pero los chistes no son una de ellas.

No empecemos la casa por el tejado

“Estar ofendido no ofrece ninguna indicación objetiva de “acertado” o “equivocado”. No es más que un barómetro de tu propio control emocional.”


Vale la pena leer el hilo completo de David Bravo.

No empecemos la casa por el tejado. Si se quiere acabar con los chistes sobre colectivos oprimidos, primero tenemos que acabar con las causas de dichas opresiones, no con sus manifestaciones.

Redactor | Politólogo