Punto desvista

Los exámenes, el trabajo, tu jefe, los hijos… La cuestión es quejarse

8 octubre, 2018

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Los exámenes, el trabajo, tu jefe, los hijos… La cuestión es quejarse

Quejarse es el arte más antiguo del mundo, y el más democrático. No entiende de clases sociales, ni de género, ni de raza, ni de equipo de fútbol (de entrenadores, en cambio, entiende un poco). Todos aprecian el arte de quejarse, y todos lo practican y lo perfeccionan con los años, maquinando nuevas y mejores excusas, echando balones fuera y echando la culpa a los demás. Nacemos quejándonos y morimos quejándonos, y en ese período de tiempo que va de la nada a la nada, pasamos por varios ciclos vitales, con sus respectivas quejas estándar asignadas. Las repasamos todas.

MAFALDA QUEJARSE

Las quejas de estudiante

Ha empezado el curso y las redes vuelven a llenarse de estudiantes quejándose de los trabajos, de la uni, de tener que madrugar, del hacinamiento en el metro al más puro estilo Auswitz… Nada nuevo bajo el sol. Tras pasarse la primavera quejándose de los exámenes finales y la selectividad, han sobrellevado el verano quejándose también. Quejándose del calor, de las quemaduras solares, de que España pierda el mundial, de que no saquen ya la novena temporada de Juego de Tronos… ¿Novena? ¿Por cuál van? Bah.

Todos los estudiantes se quejan, menos los que suspenden. Y digo los que suspenden, porque decir “los que han suspendido”, da pie a pensar que hablo de los que suspenden por razones coyunturales, que han suspendido hoy y mañana aprobarán. No, estoy hablando de los que suspenden siempre. Los que tienen plaza fija en los estudios del CIS sobre fracaso escolar. Los fracasados, en definitiva. Y es que el fracaso escolar es cosa de fracasados, por definición.

Yo soy uno de esos fracasados. Pero no es mi culpa, de verdad; es del sistema educativo, que estandariza criterios y no evalúa las diversas capacidades de los estudiantes, que solo se preocupa por instruir mano de obra útil y barata para las empresas y que, de algún modo, sirve para justificar los trabajos basura. Además, los hijos de familias trabajadoras tenemos más dificultades para sacar buenas notas, y no sólo económicas: el capital cultural y social también juega del lado de los ricos. Vale. Sí. Igual tengo algo que ver yo en todo esto, pero da igual. Siempre hay que echarle la culpa a alguien, hay que evitar la disonancia cognitiva que produce ser consciente de tus contradicciones y errores. (“¿La qué?”)

DISONANCIA COGNITIVA (fuente; Genetic literary project)
Imagen de: Genetic literary project

En el trabajo

En unos años será el trabajo, que nos quita la energía y nos aplasta el cerebro hasta dejarlo dispuesto a solo ver telebasura: desde ‘Gran Hermano’ a ‘La que se avecina’, pasando por ‘The Big Bang Theory’, esa estúpida serie que te hace creer que eres un intelectual por pillar los chistes frikis de Sheldon entre risas enlatadas, o bien, te hace saberte socialmente superior porque “yo paso de esa movida de la ciencia y me río de esos pringados, colega”. (¿Lo has notado? Era tu padre intentando hablar como un adolescente millenial).

El caso, es que el domingo, cuando tú y tu aplastado cerebro leáis el periódico… Ah, es verdad, ya nadie lee el periódico. Cuando veáis el telediario y queráis articular una mueca de protesta por la mierda de gobierno que tenéis, os limitaréis a echar la culpa a los españoles, que “son todos unos paletos“. O a los políticos, que “son todos unos chorizos“. Da igual, tú y tu aplastado cerebro limitaos a depurar responsabilidades.

Mono leyendo el periodico

En la crianza de la prole

En un estadio más avanzado del envejecimiento, cuando ya no puedas jugar un partido de fútbol sin echar las tripas por la boca, y cada día se vuelva una batalla contra tu prole hormonada, sabrás que tus dolores de cabeza se deben a la juventud de hoy en día, “que no respeta nada”. Pero no te sientas tan desgraciado. No todavía. Hace medio siglo William L. Patty y Louise S. Johnson (yo tampoco tengo ni idea de quienes eran) atribuían erróneamente una cita similar a Sócrates.

“Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan el respeto a sus maestros”.

El caso, es que hace más de medio siglo, ya había gente quejándose de lo mismo. Y seguramente, cuando el hijo de Pedro Picapiedra prefiriera irse con la chavala, en vez de ir con él a cazar allá por el Mesozoico (sí, ¿qué pasa? En los Picapiedra, los humanos coexistían con los dinosaurios, fuck rigor histórico) provocaría los lamentos de su padre. (“Es que no hacemos nada juntos, es que yo no sé qué le he hecho…”).

Y cuando tus hijos te ignoren, sabrás que es “ley de vida”, y que tu empeño en joderles el fin de semana cuando tenían las hormonas por las nubes, no tiene nada que ver. O sí, pero eso tampoco es tu culpa, “los niños no vienen con un manual bajo el brazo” dirás en tu defensa. E ir a la librería a por el primer libro de pedagogía que encontraras, era demasiado trabajo para un cerebro aplastado como el tuyo.

Discusión Padre Hijo
Foto: El Nuevo Diario

Hasta en la jubilación…

Algún día, con mucha suerte, te jubilarás. Mirarás a tus nietos levantar dos cabezas por encima de ti, y entre álbumes de fotos digitales, te quejarás del tiempo: ese cabrón se ha llevado tu vida y tus sueños, y tú apenas te has dado cuenta. Tempus fugit, lamentaban en lenguas muertas. Viejo y postrado en la cama, cuando no te quede nadie a quien responsabilizar de tu deplorable existencia (salvo a los funcionarios de la Seguridad Social), te darás cuenta de que has vivido engañándote, y que tus sueños se esfumaron entre las ranuras del sofá que te atrapaba en tus idílicos planes de futuro. ¡Ah! Esos sueños del mañana que se convirtieron en oportunidades perdidas del ayer.

Morirás. Y morirás todavía quejándote, pensando: “ay, si volviera a nacer”. Hasta el último día seguirás engañándote porque, si volvieras a nacer, harías lo mismo. Exactamente lo mismo. Y por la misma razón: “todavía hay tiempo”. O, como decían en aquella peli, “hasta ahora, todo va bien”.

Es la historia de un hombre que cae de un edificio de cincuenta pisos, y mientras cae al vacío, para tranquilizarse, no para de repetirse: “Hasta ahora, todo va bien”… “Hasta ahora, todo va bien…” “Hasta ahora, todo va bien…” Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje.

La haine

la haine

Nos conocemos, aunque nunca nos hayamos conocido. Tu historia es mi historia, y la de muchos de nosotros. Al fin y al cabo, no somos tan distintos, ni tan únicos: nos quejamos de lo mismo y ponemos las mismas excusas para eludir las mismas responsabilidades. Pero tengo buenas noticias: tu capacidad de tomar decisiones conscientemente y tu libre albedrío, no eran más que una trampa de tu cerebro para que creyeras que decidías cosas mientras él tomaba las decisiones por ti. Somos robots de carne y hueso. No hay “fantasma en la máquina”; en palabras de Steven Pinker. Lo que diferencia el hombre del mecanismo de un reloj es una cuestión de complejidad. Daniel Wegner os lo explica en ‘The illusion of conscious Will’.


Nacemos y crecemos escuchando mentiras en la tele, y moriremos repitiéndonoslas a nosotros mimos. Pero nada de eso importa. Recuerda: es demasiada información para tu cerebro aplastado, y hay que evitar la disonancia cognitiva. Ya es demasiado tarde. Sonríe. Mira la tele. Tranquilízate dando un hogar a tus hijos, e hipotecando tus sueños y propiedades en ellos para que puedan hacer lo mismo con los suyos. La historia de la humanidad, es la historia de las patadas hacia delante. Pero descuida, no es culpa nuestra. “Es que nadie nos enseñó a vivir“.

Bob Esponja Gif

 

Redactor | Politólogo